EL TIEMPO en Zalamea de la Serena

domingo, 12 de julio de 2009

EL GRAN ESCENARIO DE ZALAMEA

Zalamea de la Serena no es un pueblo cualquiera ni tampoco ciñe su trascendencia a que Calderón de la Barca se fijara en su alcalde
Zalamea es un gran escenario donde se juntan dos monumentos nacionales, una corte renacentista, un charca centenaria y todo ello liderada por la figura dramática de Pedro Crespo
CUADERNO DE VIAJE
Cómo llegar: Desde Cáceres, a través de Villanueva de la Serena y Campanario, son 132 kilómetros. Desde Badajoz, se puede ir por Almendralejo, Palomas, Puebla de la Reina, Valle de la Serena e Higuera de la Serena.
Dónde comer: En estos días de verano, el lugar más agradable es el restaurante de la charca, sobre todo para cenar al aire libre, junto al agua, en su terraza, sentados en sus sillas de mimbre, entre setos de euvónimo, bajo sombrillas blancas. En el interior hay un salón climatizado. Hay menú del día, sirven pizzas artesanas y entre las especialidades destacan el cochinillo, el cabrito al horno, la paella, la caldereta o los pollos asados.
El Marqués de Casa de Mena mandó que se excavara y embalsara y lo hizo al tiempo que Calderón de la Barca escribía su drama ilipense. Es una charca y está en Zalamea de la Serena, la tierra de los ilipenses, que parece un gentilicio más de cuento que de drama. En esta tarde de calor mediano, sin agobios excesivos, las imágenes alrededor de esta charca son de lo más prometedor y castizo.
Un caballero rechuploso y macizo mea contra un canchal, tres muchachas gorditas juegan al billar admiradas por varios mozos golosos, un barbudo clochard y vagabundo, que parece recién salido de una canción de Sabina, duerme la siesta bajo un árbol con su bici-casa al lado. Para completar el cuadro, varias llamas y avestruces corretean por los alrededores.
Si Calderón pilla estos apuntes para un guión, hubiera hecho cualquier cosa menos un drama rural de honor y ultrajes. Los tiempos han cambiado y en Zalamea, lo del alcalde honrado y su hija mancillada es algo que se deja para el mes de agosto, cuando en su tercera semana y desde 1994, 500 vecinos recrean los versos calderonianos en siete espacios escénicos, ante 2.000 espectadores, desde el jueves al domingo.
El resto del año, lo normal. Por ejemplo, una madre que pasa con su niño frente al que fuera palacio de Juan Zúñiga Pimentel. Cada uno lleva una bolsa. El niño se enfada: "Mi bolsa pesa más, estoy harto, ya no la llevo". En tiempos de Calderón, y también de Buero Vallejo, el niño se hubiera llevado un bofetón de la madre y habría seguido con la bolsa. En estos tiempos de Pagafantas y tuentis, la madre coge la bolsa del niño y carga con las dos.
El cambio de bolsas se realiza frente a siete contenedores de basura usados, viejos, manchados. Están junto a la fachada de la que fue una de las cortes renacentistas españolas más prolíficas y delicadas. Sucedió en el siglo XV y, en esos años, Zalamea recobró el prestigio que había tenido en tiempos de los romanos. Es cuando Juan Zúñiga Pimentel, último maestre de la Orden de Alcántara, se asienta en Zalamea y establece a su alrededor un elenco de eruditos. Entre ellos estaba Elio Antonio de Nebrija, que en este pueblo y en este palacio escribiría la primera gramática de la lengua castellana en 1492.
Hoy, ya ven, una fachada pesarosa y unos contenedores lamentables donde estuvo una corte literaria, donde antes hubo un castillo musulmán y donde, antes aun, estuvo la corte española de los reyes visigodos hispano-francos. Resumiendo, no estamos en un sitio cualquiera, sino en un lugar estratégico que fue referencia para muchos pueblos.
Esta importancia histórica la corroboran las guías monumentales y arqueológicas de España, que marcan Zalamea con trazo grueso, estrellas, guiones y señales para que el viajero no pase de largo y descubra sus dos monumentos nacionales. A saber: Cancho Roano, Monumento Nacional desde 1986, y el Dystilo romano, cuya monumentalidad oficial es más antigua: data de 1931.
Soledad en la dehesa
Vamos a visitar Cancho Roano, que sale al encuentro mientras te trasladas de Quintana a Zalamea. Está indicado en la carretera, sigues un camino de tierra en buen estado durante un par de kilómetros y llegas al lugar. Teóricamente, hay un centro de interpretación abierto, pero cuando llegamos, en hora de apertura, allí no había nada ni nadie. Mucho mejor porque este lugar en soledad, en medio de la dehesa, te produce una impresión conmovedora.
Es verdad que hay unos paneles ilegibles y no te enteras, pero es lo mismo. Este lugar no es para enterarse, es para sentirlo. Tiene magia, allí, solo, imponente, entre los alcornoques y las abubillas. Es el conjunto tartésico mejor conservado de la Península. Debió de erigirse en el siglo VI antes de nuestra era y se cree que fue destruido dos siglos después, hacia el año 370, por un incendio producido durante algún ritual religioso.
Tiene una impresionante disposición de palacio-santuario con fines religiosos y defensivos. Pudo tratarse de un zigurat único en Europa occidental (ver más fotos del viaje en hoy.es). Los hallazgos arqueológicos en el lugar han sido fundamentales: cerámica, cuentas de collar, un caballo de bronce de 22 centímetros de altura. Tiene altares, un foso de agua. En fin, no se puede presumir de conocer Extremadura si no se ha visitado Cancho Roano.
¿Y qué decir entonces del Dystilo de Zalamea? Que es una pasada, que lo flipas, que alucinas. Todo eso y más. Está en la plaza del pueblo, formando un conjunto único en el mundo: una casa moderna, el Dystilo y una iglesia del siglo XIII. El enhiesto monumento de piedra mide 23'23 metros, lo que lo convierte en el más alto del mundo. Se levantó en el año 103, siendo Trajano emperador y tiene carácter sepulcral. Existen algunos similares en Siria. El origen de este tipo de monumentos está en Delfos, en Grecia. De aquí pasa con Alejandro Magno a Siria y de allí pudieron traer la idea mercaderes sirios que comerciaban con La Serena.
Sirios, tartesos, romanos, príncipes visigodos y después, los árabes. Va quedando claro que Zalamea es bastante más que un alcalde. En este gran escenario de la historia debió de estar la ciudad bereber de Miknasa al Asman o Ciudad de las Columnas, reconquistada en 1236 por Pedro Yáñez, maestre de Alcántara bajo el reinado de Fernando III el Santo. Pero antes de ser Miknasa y bereber, Zalamea fue la Iulipa romana (de ahí lo de ilipenses) y, según Tito Livio, que nos merece toda confianza, debió de ser fundada en el siglo III antes de Cristo por los turdetanos.
Toda esta historia se puede ver y sentir tanto en Cancho Roano, como dejando el coche aparcado en la gran Plaza de Calderón de la Barca, junto al ayuntamiento y las terracitas de los bares, y luego ir ascendiendo y asombrándose ante la sucesión de vestigios. Y así hasta llegar a la casa de Pedro Crespo, el famoso alcalde. Por el camino, se puede visitar la Real Capilla del Santísimo Cristo de la Quinta Angustia, de estilo herreriano y con un nombre tan largo como larga es su importancia artística.
Mientras ascendemos la cuesta buscando la casa del alcalde famoso, palpamos la vida de este pueblo que tenía en 2008, 3.978 habitantes, pero que pierde población desde que alcanzó los 8.924 vecinos en 1960. En 1981 tenía 6.352; superaba los 5.000 en 1996 y tenía 4.663 en el año 2000.
La pérdida de población tiene una evidente explicación: mueren más que nacen y se van más que llegan. Un ejemplo con datos del anuario municipal de Caja España: en 2006, nacieron en Zalamea 38 niños y hubo 51 defunciones, mientras que emigraron 128 y se empadronaron 83. A pesar de la demografía traidora, el pueblo sigue teniendo su tirón y su importancia con, datos de 2007, 90 comercios, 4 farmacias, 7 bancos y cajas y 2.312 vehículos.
Y por fin llegamos a la casa de Pedro Crespo. Está en lo alto, en una placita, es humilde y da sensación de firmeza y honradez. La misma sensación de humildad, firmeza y honradez que comunica este pueblo, donde en cada rincón brota la historia y en cada vecino hay un actor dispuesto a contarla en el gran escenario de Zalamea.